Como hemos visto en las entradas anteriores, los hábitos alimentarios convencionales violan todas las reglas de las combinaciones que ya hemos comentado en las entradas recientes anteriores, las malas combinaciones alimentarias detienen y dificultan la digestión de los alimentos ocasionando la putrefacción de las proteínas y la fermentación de los azúcares y almidones. Estas malas combinaciones que practicamos día tras día nos acarrean serios daños a la salud que pagaremos a mediano y largo plazo, pero no son las únicas causas, existen otras muy importantes a tener en cuenta y ellas son las que enumeramos en importancia y a tener presentes a la hora de comer cualquier comida,

Causas que favorecen la descomposición bacteriana de los alimentos ingeridos:

  1. Erróneas combinaciones de alimentos, ver tres entradas anteriores
  2. Sobrealimentación, comer de más es comer más allá de las capacidades enzimáticas, comemos de más porque comemos mal, si el cuerpo no recibe nutrientes de calidad y en cantidad seguirá pidiéndonos comida, la mayor parte de la ingesta del hombre moderno es totalmente CARENTE DE NUTRIENTES, para nutrirnos, los alimentos ingeridos deben digerirse, y no pudrirse.
  3. Comer sin hambre, otro motivo de la sobrealimentación es la gula y el COMER EMOCIONAL, no comemos por hambre real sino por tapar emociones o premiarnos, utilizamos la comida para paliar todas nuestras faltas afectivas y emocionales. Si el cuerpo no tiene hambre real, por mucho que le metamos no estará por la labor de asimilarlos
  4. Comer proteínas no específicas, los humanos no tenemos uricasa que es la enzima que tienen los animales carnívoros, ni tenemos un ácido clorhídrico tan fuerte como los animales carnívoros capaz de desintegrar y digerir las carnes, como especie fisiológicamente con estamos diseñados para la digestión de las carnes de otros animales de ninguna especie.
  5. Comer bajo condiciones emocionales y físicas que retardan o suspenden la digestión (fatiga, trabajo excesivo, preocupaciones, disgusto, temor, ansiedad, dolores, fiebre, inflamaciones, etc) Si no estamos relajados y tranquilos para recibir la comida es mejor no comer
  6. El uso de condimentos, vinagre, alcohol, bebidas, agua, diluye o neutraliza las enzimas e impide, dificulta o retarda la digestión de los alimentos favoreciendo la actividad bacteriana
  7. Comer en fuera de biorritmo, nuestro reloj biológico tiene un horario para comer, es decir hay un momento del día en que el cuerpo es´ta dispuesto a recibir alimentos y como seres solares que somos este horario es desde que el sol está alto (mediodia) hasta que se pone, ese es el horario del hambre real, cuando comemos por costumbre o hambre emocional, violamos esta regla natural y no hay digestión sino fermentación y putrefacción de los alimentos en el tracto digestivo.

Estamos acostumbrados a no ocuparnos de prever un mal sino cometer el error una y otra y otra vez y después quitar los síntomas de las enfermedades que nos auto provocamos, con un medicamento, los famosos anti-acidos estomacales de una o otra marca que nos venden, pero, ignorantes de los procesos internos de nuestro organismo, ese no es el final de una enfermedad sino su comienzo. Es obvio que si se educara la población para que conozca las causas que producen los malestares de la mala digestión, éstas se podrían evitar y dichos males no existirían pero privaríamos a las grandes compañías de vendernos sus pastillas milagrosas que quitan el malestar, es decir el síntoma, pero no el problema que acarrea un mal mayor y deriva en un cáncer de colon u otras enfermedades terminales en la mayor parte de los casos. Y estos son los efectos de la mala digestión, veremos cómo se produce.

Las bacterias de la putrefacción reducen las proteínas a aminoácidos, pero que su acción no se detiene ahí. Destruyen estos mismos aminoácidos y generan, como producto final de sus actividades, los siguientes venenos: indol, escatol, fenol, ácidos fenilpropiónico y fenilacético, ácidos grasos, dióxidos de carbono, hidrógeno, sulfito de hidrógeno, otras substancias más o menos tóxicas, que pertenecen al grupo de las aminas, resultan con toda seguridad de la acción posterior de las bacterias sobre los aminoácidos en la molécula proteica. Cuando las proteínas se putrefactan, se descomponen en una variedad de ptomaínas y leucomaínas, también tóxicas. Cuando los almidones y los azúcares fermentan, se descomponen en dióxido de carbono, ácido acético y alcohol, substancias que son inutilizables, pues son tóxicas. Y todos estos tóxicos van a parar al torrente sanguíneo. Del tubo digestivo, la corriente sanguínea debería recibir agua, aminoácidos, ácidos grasos, glicerol, monosacáridos, minerales y vitaminas, y no alcohol, ácido acético, ptomaínas, leucomaínas, sulfito de hidrógeno, etc. El organismo debería recibir materiales nutritivos, y no venenos. 

Sea como sea, debido a la acumulación de gases en el abdomen, el mal aliento producido por la fermentación y putrefacción gastrointestinal, el olor fétido y desagradable de las heces y gases que expelen, son tan indeseables como los venenos que los originan. Deberíamos tener claro que es posible conservar el aliento puro, no fabricar gases y, al contrario, tener heces inodoras. Si es posible evitar los resultados desagradables de la fermentación y de la putrefacción de los alimentos y el consiguiente envenenamiento, si podemos quitarle al cuerpo la carga de tener que oxidar y eliminar las toxinas, me parece tremendamente deseable hacerlo. Si se admite que una «excesiva acción bacteriana» puede producir diarrea y hasta causar serios problemas de nutrición, ¿qué podemos esperar de una acción bacteriana larga y continua, sino una actividad «excesiva»? Esta cuestión me parece muy seria y pertinente.

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